El juku (Cuento)
EL JUKU
(Cuento)
A las ocho y pico de la
noche ya está vacío el campamento; sin siquiera una persona que camine por las
callejuelas cubiertas de cuarzos. Menos
por las sendas. Un vientecillo polar,
bajando de la cumbre, penetra hasta los tuétanos. ¡Alfilerazos!
Y materialmente hace crujir todo: puertas, calaminas y por supuesto,
huesos también.
Sólo los serenos están
fuera de sus casas metidos en las casetas que les sirven de refugio, cumpliendo
su turno de vigilancia, escalonadamente.
De alguna manera tratan de entrar en calos. Golpean los pies en el suelo. Con el resuello tratan de calentar las
manos. Mientras el vientecillo cruza
serruchando la puerta.
Por encima, de paso, se
oye algo que se sacude rítmicamente. “¿Qué puede ser?” pensando salen
afuera. El pitillo les cuelga de los
labios, y en el carrillo en “acullico”.
Echan la cabeza atrás y exclaman: “Juku”.
Está cruzando una sombra
como si estuviera flotando en medio de una tenue oscuridad. En lo más profundo, un manto negro
acribillado de estrellas que tiemblan.
Carraspean ruidosamente y
lanzan un escupitajo de maldición. Luego
para su chal: “Quién morirá; mal agüero
es el juku”.
Sobre la loma, cerca al
caserío, queda la capilla. A un lado,
como centinela la torre. Tiene una sola
campana. Cruje con el frío.
El juku ya está llegando
al campanario; siempre a la misma hora.
Y todas las noches. Se posa en el
travesaño que sostiene la campana con las alas extendidas recogiéndolas luego
unas tras otras, el pico ganchudo, los ojos redondos, hundidos y adelante, más
los mechones de plumas sobre la cabeza, a manera de orejas, le dan una
apariencia siniestra, con algo de rostro humano. Sus ojos son dos llameantes haces de luz que
agujerean la oscuridad como si fueran puñaladas de fuego. Con esa agudeza visual puede descubrir un
ratón a más de cincuenta metros y caerle como una saeta. Y con rápidos movimientos de cabeza –cual si
fueran nerviosos—otea en todas direcciones.
En el campamento, las
chimeneas vomitan humo plomizo en capullos, perdiéndose en la negrura. Por los ventanuchos, afuera se han echado
anémicas luces. El resuello de las
personas, así como las voces de las conversaciones, se cuelan por las
rendijas. En las calles, los puntos de
luz tiemblan alrededor de los focos… Ahora uno que otro minero transita
totalmente arropado. Apenas se les ve
los ojos a través de sus “pasamontañas”.
De vez en cuando se escucha el pitido de un sereno. Otro contesta… La noche de hielo cae trizas
al suelo con ruido de vidrio roto.
A poco el juku ulula dos
o tres gritos tétricos. Por lo profundo
parecen siempre agoreros. Dentro de las
habitaciones, la gente supersticiosa se desasosiega. Levanta los párpados para comentar con los
suyos:
- Ay, ese pájaro mal
agüero está gritando
- ¡Quién morirá!
- Que vaya el chico a
espantarlo.
- ¿En este frío? ¡Cómo!
- Pero hasta qué hora
estará gritando.
Por ese tiempo la empresa
propalaba con mucho ruido la pérdida de sus minerales. Decían que en los parajes de la mina dejaban
el mineral “listo” para sacar al día siguiente.
¡Y para el día siguiente no había mineral!
¿Qué podía ocurrir?...
¿Pero quiénes?
¡Ladrones! Para a
empresa.
En el campamento había
mucha gente desocupada. Esa gente quería
trabajar para ganarse por lo menos el pan del día. Pero no podía.
El hambre. Los estómagos aullaban retorciéndose. Los hijos de los desocupados, gimiendo,
pedían: “Pancito, papay…” Mas, ¿cómo
hacerles comprender?
¿Cuántas huelgas
hicieron? Ni quien les lleve el
apunte. Tenemos muchos
supernumerarios. No sabemos qué vamos a
hacer con ellos. Era cierto también
eso. En algunas secciones, los
trabajadores, se daban cabeza con cabeza.
Y sin hacer nada. Mala
organización.
Y sobre la conjetura de
ladrones, la empresa organiza una especie de caza de brujas. A los serenos los arman de fusiles. Ya armados, con los ojos muy abiertos y el
oído presto, a querer darles caza a los supuestos ladrones, noche tras noche y
de sombra a sol. Pero nada. El mineral seguía desapareciendo. Y el misterio iba tiñéndose de castaño a
oscuro. Entonces los jerarcas de la
empresa tronaron:
- ¡O me traen a los
ladrones o dense por despedidos!
Los serenos se
estremecieron. Y se les presentó ante
sus ojos el fantasma del hambre. En
consecuencia, se prometieron aguzar más el oído; asimismo abría más los ojos. Alertas al menor ruido o a cualquier sombra en
movimiento. Queriendo no más ya apretar
el gatillo. ¿Cuántas veces salieron
chasqueados?... “Por dónde… por dónde…”
Se preguntaban. Hasta que, en una
de ésas, encontrando un socavón abandonado, exclamaron triunfantes: “Por aquí
debe ser…” Los ojos se les pusieron
chispeantes, seguros ya de poder coger a los ladrones. Mejor, despacharlos al otro mundo.
Y esa noche se aprestaron
a cazarlos, como se caza a las alimañas, porque molestan. Unos se ocultan detrás de una mole de piedra
a prudente distancia. Otros, en
cuevas. La lobreguez, igual que el
carboncillo.
De lejos viene el ulular
del juku, acaso el santo y seña. Los
serenos, dándose diente con diente, piensan: “¡Ah, ese maldito!”
Y escuchan ruidos entre
los ásperos farallones. “Ahora, ya están
llegando”, se dicen. Y levantan la
cabeza, echándose al mismo tiempo al hombro los fusiles. ¡Listos!.
La vista clavada en la bocamina… Y una sombra se desliza hacia
ella. En ese instante, como si hubiesen
obedecido la voz de ¡fuego! Aprietan el gatillo todos a una. Varias explosiones rompen el silencio. Al mismo tiempo que se escucha un “¡Aaayyy!”…
tremendamente impresionante. Los hombres
corren anhelantes con sus lámparas eléctricas a la mano. Desde la boca de la mina encañonan los
reflectores. Y, dando un suspiro de
desengaño, exclaman: “¡El juku no más había sido pues!”
En efecto, ahí estaba el
ave, en el suelo, con las alas extendidas, boqueando, si vale el término. Revolvió los ojos.
Uno de ellos levantó las
alas. Estaba contando las heridas…
Cuando de atrás, es decir, de afuera, escuchan una voz estremecedora:
“¡Aooouuu!” Vuelcan la cabeza para mirar
qué era… ¡Y no hay nada! Atemorizados
por semejante voz se miran unos a otros.
Y boquiabiertos se quedan. El
julepe adentro. Luego dirigen la mirada
donde estaba el juku. ¡El juku,
desaparecido!
Desde entonces, en las
minas se dice que abundan los jukus bípedos e implumes. Y de juku, a la vez, han derivado otros vocablos:
jukeo, jukeador… adquiriendo carta de ciudadanía en honor a la tan maldecida
como injuriada ave: ¡el búho!


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