El pavo capataz

EL PAVO CAPATAZ
(Cuento)

     El bosque, exteriormente, es un mar de verdor; tan verde como si estuviera siempre vestido de primavera.  Y tiene mucho de encanto y placidez.
     Empero, en sus cuevas, es un mundo sombrío y peligroso donde vive una revuelta y heterogénea muchedumbre, permanentemente tratando de aniquilarse unos a otros.  Al final se impone el más fuerte o el más astuto.  Es la eterna lucha por la supervivencia.  Ruidos y sonidos en misteriosa sucesión que estremecen: caídas, golpes, ecos, clamores, jadeos, rugidos, silbidos, estertores, risas, sollozos,… y:

     - ¡Au au!  ¡Tra… trabajen, trabajen!

     Tronó la voz del pavo capataz, al tiempo que hacía restallar el rebenque que llevaba en la mano.  Pero más que voces inteligibles parecían ladridos de perro.
     Y el bosque íntegro se estremeció.  Los pájaros y las aves, más muertos que vivos de susto, se pusieron temblorosos.  Y para evitar que les cruce el cuerpo se hicieron afanosos en el trabajo mirando, mirando con el rabillo del ojo al verdugo tonante.
     Nunca estaba conforme con el trabajo que cumplían; menos que descansaran.  Siempre acicateándoles con los consabidos condimentos de su grosero lenguaje, a la vez que haciendo silbar y restallar el látigo.  Pero los apuros en que se veía al no poder articular palabra –su mayor angustia—cuando comenzaba a blasfemar con el rostro congestionado.  Por poco no estallaba.  Y la nariz sacudiéndosele.
     El rumor del trabajo era grato al oído.  Desde el amanecer hasta el anochecer.  El bosque hecho un gigantesco taller.
     El hornero, sin descanso, construyendo viviendas.
     El pájaro carpintero golpeando la madera incansablemente, haciendo vibrar el bosque con cada picotazo.
     El colibrí, construyendo su nido.  Joya delicada para traer nuevos vástagos de oro y esmeralda.
     El tucán, cosechando los granos de “Wapurú”.  Alguno que otro echándoselo al buche, jugando como un niño.  Lo arrojaba arriba para después recibir con el pico.
     El loro, apilando, mazorcas de maíz en las trojes.
     El “chiwanku” cuidando el trigal de sol a sol.  Oro maduro que ya comenzaba a cantar con la brisa de la mañana y de la tarde.
     Siendo halagüeño el panorama, los pájaros y las aves, comentaban:
     - No ha de faltar el pan.
     - Vamos a tener casas donde vivir.
     - También ropa para vestirnos…
     Instantes fugaces de conversación.  Pues, sobre ellos, ya estaba el pavo capataz, rugiendo y haciendo chasquear el rebenque.
     - ¡Au au!  ¡Tra… trabajen, trabajen!
     Los pobres no conocían el descanso.  Trabajaban de sol a sol y por un miserable salario de hambre que ni siquiera recibían puntualmente.  Por esto y por los malos tratos, el descontento era general.  Y cada día que pasaba se ponían más flacos.  El exceso de trabajo y mal alimentados, ¿dónde iban a dar?

     Entre tanto, el pavo engordaba más y más a ojos vistas.  Con la magnífica mesa de maíces bien sazonados, así tenía que ser.
     Y para evitar cualquier reclamación, hizo publicar un bando con el jilguero, prohibiendo toda reunión o manifestación.  A la vez haciendo notar que todos debían estar al lado de él, con la amenaza de terribles castigos.  ¡Hasta con el fusilamiento!
     Una aciaga tarde, cayó una terrible granizada sobre el trigal, machucándolo totalmente.  En el suelo no quedaban sino pajas.  El pobre “chiwanku” en la más negra desesperación.  No sabía qué hacer.  ¡Ah, eso sí se daba cuenta… lo peor!
     Al día siguiente, el pavo caminando trabajosamente y haciendo eses por su excesiva gordura, fue en busca del pájaro, seguido de sus guardaespaldas, los tarajchis.  Y lo encontró al chiwanku a la orilla de lo que fue trigal, desolado, contemplando.  El pavo, fuera de sí por la ira y sin comprender el fenómeno natural, tronó:
     - ¡Au au chiwanku, con tu vida me vas a pagar!
     Y sin más, dirigiéndose a sus secuaces, les ordenó:
     - ¡Fusílenlo!
     Los tarachis no esperaron que se repita la orden.  Prestos para ello, al chiwanku no le dejaron ni decir ¡Jesús!  ¡Pam pam!  ¡Y listo!
     Luego la rutina de todos los días.  El pavo capataz, siguiendo su costumbre, caminaba de acá para allá, escoltado siempre de sus guardaespaldas, y siempre haciendo restallar su rebenque, y siempre acicateando en cada puesto de trabajo:
     - ¡Au au!  ¡Tra… trabajen, trabajen!
     Y un día nublado salió a cumplir su recorrido.  No pensó seguramente que iba a ser el último.  El suelo estaba resbaloso a causa de la lluvia.  Caminaba por la orilla de una zanja.  Resbaló y cayó al fondo hecho un fardo, al tiempo que daba un terrible gruñido que se escuchó en todo el bosque.  Sus guardaespaldas no pudieron o no quisieron sacarlo de allí.
     La noticia llegó a oídos de los pájaros y las aves.  Y se largaron allí más por curiosidad que por auxiliarlo.  Y viéndolo en la forma cómo se encontraba –atascado-- se alegraron sobremanera.  El castigo le llegó de una forma que ellos no habían pensado siquiera.
     El pavo capataz, desde el fondo de la zanja, pedía gritando:
     - ¡Sáquenme, sáquenme!
     Ni quien lo auxilie.  Se moría por asfixia.  Cuando dio el último estertor, uno largo, los pájaros y las aves se asustaron.  Y con el susto dibujado en sus rostros emprendieron el vuelo.

Glosario.
Wapurú o guapurú.  Fruta silvestre del oriente boliviano.

Chiwanku.  Mirlo

Como con la anterior entrada, el libro estaba deteriorado, si alguien tiene algún autor le estaría agradecido,,,

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