La opinión general

Aquí un cuento adaptado a lo boliviano de esos libros antiguos desearía tener la fuente, el libro no la contenía...

LA OPINIÓN GENERAL

Demetrio.- Mirtila, hija, ponte tu hermosa pollera de lana roja, tus enaguas de blanco lino, tu manto bordado de guardas, que vamos a hacer un viaje.
Mirtila.- ¿Un viaje padre?
Demetrio.- Sí, buena ha sido este año la venta del fruto de los naranjales y las viñas, y quiero que disfrutemos saliendo de nuestro agrícola Camargo, para conocer Tarija, es decir, descansar como Dios manda.  Allá tenemos parientes.  Alégrate, Mirtila, pues ya traigo para los dos la bendición de mi madre, además de la bolsa bien repleta de monedas.
Mirtila.- ¡Oh, padre, qué noticia tan agradable!  ¿Y viajaremos en auto como los señores?
Demetrio.- Calla, tonta,  calla, que eso sería viajar en una pesadilla.  Dinero tirado a costales y no ver nada, pues todo le pasa a uno por delante de los ojos como si estuviéramos viéndolo a través del ventanuco de la casa.
Mirtila.- Pues entonces, ¿Cómo iremos?.  A pie no será
Demetrio.- ¿Y para qué tenemos el burro?  ¡Gordo y lucio que da gusto verlo!
Mirtila.- (decepcionada)  ¡Ay, en el burro! ¿Los dos en el burro?
Demetrio.- Claro está.  ¿No vamos a vender higos y verduras?
Mirtila.- Sí…sí.  Pero es para vender, no para pasear, ni para viajar.
Demetrio.- ¡Bah! ¿Los señores no tienen auto para ir a ver sus propiedades y otro para visitar a sus amigos?  Le pondré al burro su collera con las hermosas borlas de lana que tú misma le hiciste, y ya verás, tú con tu hermoso vestido, yo con mi faja encarnada y mi sombrero, qué bien parecemos.  Todos han de decir al vernos:  “Ahí van Demetrio y Mirtila como dos príncipes”.
Mirtila.- ¡Uf!  ¡Dos príncipes…en burro!
Demetrio.- (molestado).  Bueno, si no quieres…
Mirtila.- (Presurosa).  Quiero, quiero, sí padre.  No vaya Ud. A agarrar su capricho y dejar el viaje, creyendo que no quiero.  Vaya, voy a vestirme y a decírselo a las vecinas.
Demetrio.- (Riendo).  Sí, eso es muy importante: decírselo a las vecinas.  Pero entre tanto no te olvides de preparar también un cesto con pan y queso, y vino, y pasas choclos y papas, que el aire da apetito… y cuando el estómago empieza a sentirlo, grita más que un becerro que reclama a su madre.  Vete en seguida, que entre tanto enjaezo al burro y me tomo un vaso de vino de higos.
Mirtila.- (Riendo)  ¡Uf!  Eso también es importante, padre.  Vamos, pues.  (Ríen los dos).
(Pausa musical)



Demetrio.-  Mirtila,  ¿Estás pronta?
Mirtila.- Ya voy, sí… ¡Que, espere, padre, que me faltan mis zarcillos!
Demetrio.- ¡Anda!  Ustedes las mujeres creen que sin los adornos no se pueden dar un paso fuera de la casa.  Toma también una vara de tamarindo, para azuzar al burro.
Mirtila.  ¡Qué hermoso está el burro, con su collera tan adornada de borlas de lana roja!  (Palmea el cuello del animal).  Lucero, buen amigo, nos vamos de viaje,  ¿Eh?  ¡Qué ricos bocados de pasto comerás por ahí!
Demetrio.-  No ha en toda nuestra patria región como Tarija.  Desde los hombres hasta los burros, todos pueden comer hasta hartarse.  Que vayan, no más los orgullosos montañeses del Altiplano o los cambas del Oriente, a decir otro tanto.  Así son de magros.  Aquí todos tenemos barriga, gracias a los dioses.
Mirtila.- (Presurosa)  ¿Todos?  Yo no…
Demetrio.- Bueno, ya la tendrás.  Es que ahora todos se te vuelven dengues, para no comer como Dios manda.  ¡Tonta!  (Pausa).  Ea, salgamos ya, que no es el mediodía cuando se emprenden los viajes.  Ya el sol pica.  Acomódate.  Si tienes miedo de caer, agárrate de mi cintura.  Pero no temas.  Iré al paso, pues nada nos apura y lo bueno se disfruta paladeándolo, como a los buenos vinos,  ¡Hala!  ¿Te has acomodado bien?
Mirtila.- (Gozosa)  Sí, estoy bien.  ¡Ni en un trono!  ¡Uy!  ¡Qué linda la mañana y qué alegre el sol!
Demetrio.- ¿Ves tú?  ¡Y mira cuánta gente va y viene por el camino!  Pero pocos, o ninguno van de fiesta.  Todos cargados de canastos.  Todos en sus quehaceres.  Sólo el viejo Demetrio y su hermosa hija Mirtila de viaje para Tarija, como dos señores.  ¡Arre, Lucero!  (Pausa).  Adiós, Alejandro, me voy con mi hija a visitar a mis parientes de la frontera.  ¿Quieres algo de allá?  ¿No?  (Pausa).  Bueno, hasta la vuelta.  Recomiéndale a tu mujer mis gallinas, que no se olvide.  Le traeré telas y chocolates.  Adiós.
Mirtila.- Adiós, Alejandro.  Dile a Lucila que me riegue las plantas.  Le traeré algunas cosillas.  Adiós.
(Pausa musical)

Demetrio.- Pues, azúzalo con los talones.  Para eso Uds. Las mujeres son diestras.  Tomemos este camino de tamarindos.  (Canta una canción cualquiera alegre y rítmica).
Mirtila.- (Con voz inquieta).  Padre, vea Ud. Aquel grupo de mujeres que traen unos sacos al hombro.  Mire Ud. Cómo no señala la más vieja.
Demetrio.- Mirtila, hija, no sea rústica.  Admiran tu vestido y tus zarcillos, mi faja de colores y mi sombrero nuevo, el burro lleno de borlas de lana de colores… Talonéalo para que avive el paso y vean qué gordo y hermoso está.
Mirtila.- ¡Hala, hala, hala!...


Una vieja.- El padre, un gigantón, la muchacha, una gandula, toda llena de dengues y perifollos.  Y el pobre animalito soportando el peso de los dos… ¡Hay gente sin alma!  ¡En una parrilla los pondría a asar, por malvados!  ¡Borriquito de los dioses!
Mirtila.- (Quejosa)  ¡Ay Dios mío, voy a bajarme, padre!...
Demetrio.- (Furioso)  ¡Quédate donde vas, Mirtila, o bajo del burro y te doy unos azotes por tonta!  (A la vieja)  ¡Qué te importa a ti del prójimo  su burro, …!
Mirtila.- No, padre, cállese, usted, por favor.  Ahí viene otro grupo de campesinos y usted sabe cómo son nuestros paisanos.  Yo me bajaré, y caminaré a su lado.  Si el burro lo lleva a usted solo, no dirán nada, es lo corriente.  Y a mí me gusta caminar.  Iré de un lado al otro del camino, juntando tomillo y mirtos silvestres.  Será más divertido.  ¡Ah, mire usted qué mariposa más bonita!  ¡Chiquitina y dorada, como una abeja!
(Pausa musical)



Demetrio.- Sí, sí, ya ves la enmienda.  ¿Oíste lo que decían esos barraganes?
Mirtila.- (Asombrada)  No.  En el momento en que ellos pasaban me había sentado en aquella piedra… ahí, un paso más atrás, a atarme las sandalias.
Demetrio.- ¡Montón de #%%&!   ¡Que Plutón dé cuenta de ellos!
Mirtila.-  ¿Pero qué pasó?  ¿Qué dijeron?  Yo no oí nada, se lo aseguro.
Demetrio.- (Furioso)  Claro.  La niña sentada atándose las sandalias, el padre cabalgando inocentemente, y las lenguas infernales comentando muy sueltas:  “Mira a ese viejo, tan orondo en el burro, y la pobre hija a pie, tan cansada que ha tenido que sentarse un rato en aquella piedra. %&/$% ”  Hasta dijo una de las mujeres:  “Si yo tuviera un marido así, ya lo habría metido en el horno de amasar, cuando estuviese ardiendo la leña para calentarlo.  Y encima le echaría aceite y grasa de carnero para que se tostase más pronto”…  ¡Parca maldita!
Mirtila.- Pobre padre… No se aflija usted.  Ya no me apartaré de su lado.  Así nadie tendrá que decir nada.
Demetrio.- No, que en otra no me agarran.  Allá vienen dos recolectores de uvas.  Monta tú, que yo seguiré a pie.  La mañana es linda y yo estoy hecho a andar.  Dame la vara que el pollino acostumbrado a no ir más que del establo a las viñas y de las viñas al establo, se está poniendo pesado y si no se le hace alguna cosquilla en los ijares, a cada paso quiere pararse.
Mirtila.- Tome Ud….. Voy a subir ligero que ya están cerca.
(Pausa musical)


Mirtila.- (Llorosa)  ¿Oyó Ud., padre, lo que dijeron entre ellas al enfrentarse con nosotros?  Pues la abuela le cuchicheó a la moza: “¡Cómo está el mundo! El pobre padre, ya viejo, anda que anda con sus pies, y la muchacha toda emperifollada, cabalgando hecha una orgullosa señora.  ¡Ah si tú hicieses tal cosa con tu padre, te levantaba el refajo y buena paliza de varazos llevarías en las posaderas!”.
Demetrio.- (Furioso)  ¿Eso dijo, esa vieja indigna?  ¿Qué tiene que importarle que un padre le proporcione comodidades a su hija?  Espera: voy a gritarle unas buenas, hasta que tenga que taparse con arcilla los oídos.
Mirtila.- (Afligida).  No, no, padre, no calle Ud., que ahí vienen unos hombres y son capaces de salir en defensa de las mujeres y puede armarse una tremolina en la que los dos saldríamos perdiendo.  ¡Dios nos proteja!  Dele Ud.  yo voy a bajarme y mientras haya gente a la vista, los dos seguiremos a pie junto al burro, y nadie tendrá que decir nada.
(Pausa musical)


Demetrio.- ¡Nadie tendrá que decir nada!  Ya oíste ahora.  (Remedando)  “Qué par de brutos.  Con el calos que hace, andando al lado del burro, que está gordo que reluce, y hasta barrigón como tonel.  Uno que quisiera una cabalgadura, no la tiene y estos estúpidos que la tienen, van a pie, el viejo con su cara de perro furioso y la hija con su aire de gata apaleada”.
Mirtila.-  (Llorando)  ¿Qué hay que hacer, entonces?  Todos están disconformes y a todos les parece mal cuanto hacemos…
Demetrio.- Yo ya estoy cansado.  Ahora el camino está vacío.  Subamos los dos al burro otra vez…si no, jamás llegaremos a Tarija, y nunca regresaremos a casa.  ¡Ea!, sube, y en marcha; los dioses nos aprueban.  Pero ahora nadie se acerca y andaremos un buen trecho sin molestias.
(Pausa musical)

Mirtila.- Padre, mire Ud., allí, al pie de los tamarindos, esos peones camineros, comiendo.
Demetrio.- Pues calla y pasemos
(Pausa musical)

Mirtila.- ¿Oyó Ud.?  Volvieron a decir que el pobre burro no puede más que somos un par de brutos…¡Ah, no, no…yo me bajo!
Demetrio.- Entonces me bajo yo también.  Se repetirá lo anterior, si te ven a ti a pie y a mí en el burro.
Mirtila.- (Llorosa)  Sí, y si nos ven caminando y el burro solo nos gritarán estúpidos, cretinos, indignos de tener una cabalgadura… (Temerosa)  Y mire, usted: allí viene otro grupo de campesinos.
Demetrio.- (Con voz gozosa y triunfante)  Oye Mirtila, hija mía: como una luz, ha atravesado mi cabeza una idea preciosa.  Aunque viejo, soy fuerte como un atleta…y el burro es pequeño.  Lo cargare a cuestas, y la gente dirá: “Miren que excelente hombre es ese que va ahí.  Le tiene piedad a su asno, que ha trabajado para él y su hija, les ha ayudado a ganar sus galas, y ahora él lo lleva de paseo, se lo contaremos al Alcalde, para que se lo diga al Prefecto y le dé una medalla”.
Mirtila.- (Gozosa)  ¿Lo cree Ud. así, padre?  ¡Ay, déjeme que le ayude!  Lucero, mi buen pollino, tendrás tu premio e irás cómodo.  A ver…, padre… ¡Hala!
Demetrio.-  ¡Hu,…uuum!,  ¡Hala!
(Pausa musical)


Mirtila.- (Llorando a gritos)  Padre, padre, baje usted ligero al burro de sus hombros.  Los campesinos van corriendo y gritando que por el camino anda suelto un loco, con un burro a cuestas y que hay que avisar a los soldados y llevarlo al manicomio para que lo curen o matarlo a tiros, para que no haga daño.  Vamos, padre, vamos; retornemos a nuestra casa, ya no quiero ir a Tarija, ni visitar a nuestros parientes.  ¡Ay cuántas inquietudes y cuántos disgustos se encuentran en el camino!
(Pausa musical)

Demetrio.- (Cambiando la voz)  No, hija.  Sigamos nuestro viaje.  Pero, con lo que hemos aprendido en estas pocas horas, no nos importa más lo que diga la gente que pasa.  Iremos los dos en el burro, descansaremos, nos turnaremos como yo lo crea conveniente.  ¡Mira si enseñan los viajes!  Ahora ya sé que no hay que dar oídos a la opinión general, sino obrar bien y de buena fe.  Lo demás no importa pues estos comedidos jueces de la Tierra se equivocan y mortifican a cada paso, haciéndole imposible la vida al que es débil y se preocupa de sus juicios.  ¡Sólo un verdadero juez eterno hay que puede juzgarnos imparcialmente!  Una conciencia clara y justa regla magníficamente nuestras acciones.  ¡Y a vivir! ¡arriba ese ánimo, Mirtila!
Mirtila.- (Entre risa y llanto)  ¡Ay, padre, mire Ud. la cara de susto que tiene el pobre burro!  El también ha de pensar que nos volvimos locos.
Demetrio.- (Riendo)  Vaya.  ¿También te va a importar lo que piensa el burro?  Pues, hija, forma parte de la opinión general.  Locos fuimos, sí, tomándola en cuenta.  Ya viste el resultado.  ¡Hala!, Arriba, y a regocijarnos con las bellezas de nuestra linda tierra.
Mirtila.- (Medio desconcertada)  Ahí viene, padre, otro grupo de hombres y mujeres…

Demetrio.- (Riendo)  Se acabó.  Tanto tiraron de la cuerda, que ésta terminó por romperse.  ¡Hala!, ¡hala, Lucero!  Ya me tiene sin cuidado la opinión general.  ¡Ya soy libre, Mirtila!



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