Los amigos del ahorcado

LOS AMIGOS DEL AHORCADO

*Alcaraz, D. (1980).  El Habla Nacional.  Editorial Lux, La Paz - Bolivia.

     Había una vez un matrimonio; el tal matrimonio, trabajando duro, había logrado acumular una gran fortuna, consistente en cuatro  o cinco casas, pon no decir mansiones, amén de joyas, piedras preciosas, libras esterlinas; monedas de plata antiguas, como los tostones, los doblones, los fernandinos, sin que se escaparan los famosos melgarejos.  ¡En talegos!
     Y dicen que ambos, es decir, tanto el marido como la mujer, por tacaños que eran, no comían huevos por no botar la cáscara.  Por ese lado, claro, tal vez se podría explicar en parte el hecho de que hubieran podido acumular tanta riqueza.
     Bueno, el primer hijo que tuvieron se murió a los pocos meses de haber nacido.  “Dios se lo ha recogido al angelito; debe estar a su lado”, decía la madre.  También el padre  Así, el primer heredero, al hoyo.  El segundo igual.  El tercero… El cuarto… O sea que todos corrían la misma suerte.  Como si la maldición hubiera caído sobre el matrimonio.  “Dios no quiere que tengamos hijos” se justificaban marido y mujer.  De modo que, hasta entonces, no tenían el feliz heredero que disfrutara de tanta riqueza.  Y se ganaron el sobrenombre de “Mataguaguas”.  El hecho hacía comentar a la gente: “El diablo no sabe para quién trabaja”.  En fin… Pero tuvieron otro hijo, y resultó el último.  Este vivió para mal o para bien.  Digo para malgastar o malbaratar tan inmensa fortuna, como vamos a ver después, Juan se llamaba.  Y con él se resuelve el refrán: “El diablo…”.
     Marido y mujer ya están viejos; se diría con el pie a la sepultura.
     El hombre, comentando con su mujer decía:
     - Si no hubiera sido por nuestro Juanito, el fisco se hubiera adueñado de toda nuestra fortuna.
     La otra respondía:
     - Ay sí.  –y meditando--:  ¡Pero nuestro hijo se ha vuelto pues un calavera!
     - Así es, hija.  Qué haremos.  Esa es mi mayor preocupación. 
     Pero nada le decían al derrochador.  Cuando más, meneaban la cabeza en señal de desaprobación de la disipada vida que llevaba.  Y gastando en grande.  Pese a ello, no hacía mella en la inmensa fortuna.  Apenas una pequeña sangría.
     Y les llegó la hora de rendir... cuentas a Dios.  Primero se fue la mujer.  Tan buena que era.  El viudo de tristeza se consumía.  Dándose cuenta del escaso tiempo de vida que le quedaba, un día –desde su sofá—le llamó a su hijo:
     - ¡Juanito!
     - Papi –respondió desde el confín del palacete.
     -Ven, hijo.  Te necesito.  Quiero hablar contigo.
     - Ya voy, ya voy.
     El viejecito esperó.  Y una vez que llegó, con voz temblorosa, dijo:
     - Hijo, yo sé que uno de estos días Dios ya me va a recoger; me siento mal.
     - No digas eso, papá.
     - No quiero reprocharte, ni nunca lo hice, de la vida que llevaste; ahora menor puedo hacerlo de la vida que estás llevando.  O qué dices…
     - Sí, papi.
     - Porque eres el único hijo.  Mimado y todo lo que quieras.
     - ¡Oh, papi!
     - Sé perfectamente.  Acaso te venga este refrán como anillo al dedo:  “Genio y figura hasta la sepultura”
     - ¿Me crees tanto?
     - Pero ahora no se trata de eso sino de otra cosa.  Tú sabes que somos muy ricos.  Todo es trabajo de tu santa madre.  Q.D.D.G.  Bueno, de mí, para qué voy a estar mentando.
     - Sí, papá.
     - Vamos ante la Virgen; ante ella quiero que me prometas una cosa.
     Cuando llegaron, el viejecito en tono grave, dijo:
     - Aquí en este cuarto, sin que nadie nos vea ni escuche, a no ser la Virgen –que le ponemos a ella por testigo--, quiero que me prometas una cosa…
     - Sí, papi.
     - Una promesa, no de palabra solamente.  El viento se la puede llevar.  Quiero una promesa salida de tu corazón; mejor, de tu fuero íntimo.  En fin, de todo tu ser; una promesa que te lleve a cumplir cueste lo que te cueste.
     - Sí, papá.
     - Antes quiero decirte, cuando me muera, de la riqueza que tenemos, haz lo que quieras.  Juégala, derróchala, con tus amigos, con las personas que quieras.  Finalmente haz lo que quieras.  Con eso está dicho todo.  Yo, desde arriba, te estaré mirando… --se limpió el sudor.
     - ¡Ay, papá, me haces dar miedo!
     - Lo que quiero que me prometas es, que después de haber derrocado todo, todo, todo, no la vendas esta casa por ningún motivo, ni estando en la mayor miseria, sin amigos, sin nadie… Y aquí, mira esta araña… ¿Estás viendo?
     - Sí, papá.
     - De esta araña te cuelgas con una pita, con un cinturón, con cualquier cosa, al final; pero te matas, te suicidas como una forma de expiación… ¿Me prometes, hijo?  Dímelo ante la Virgen.
     El otro no atinaba a decir nada.  Claro.  Era una decisión grave.  Y se puso intranquilo.
     - ¿Me prometes, hijo? –repitió el padre.
     - Después de meditar un instante que equivalía a toda una vida, en tono firme le aseguró:
     - Sí, papá.  Te lo prometo.
     - No estarás prometiéndome por salir del paso solamente.
     - No, papá.  Te prometo que me voy a matar colgándome de esta araña.
     El padre dio un suspiro, y dijo:
     - No sabes, hijo el peso que me has sacado.  Ahora voy a morir tranquilo, sabiendo y teniendo seguridad de que vas a cumplir con el compromiso.
     - Sí, papá.
     Y murió el viejo.  Entonces el hijo se dedicó a dilapidar la fortuna con amigos.  Y en toda forma.  ¡Ah, los amigos!  Encontraron una fuente segura de recursos.  Lo buscaban, lo adulaban, consiguiendo manejarlo a su gusto y sabor.  Echó mano, primero, de las joyas, luego de las monedas; después vendió una casa; a continuación la otra y la otra… Todo lo dilapidó.  Al final se vio en la calle, como se dice.  Aunque, claro está, le quedaba la última casa.  Le encontraba la idea de enajenarla.  Empero, de inmediato se acordaba de la promesa que le había hecho a su padre, como ya está dicho, de no venderla en ninguna circunstancia.
     Los amigos, viendo que ya no podía fomentarles, comenzaron a alejarse de él.  Ante todo por su aspecto.  Andaba con la ropa raída.  Quería hablarles en la calle para pedirles alguna ayuda, pero ellos se pasaban de largo, como si no lo hubieran conocido nunca.  O con un “¡Hola, Juanito!” O con un “¡Aurita, aurita!” (*)


     Juanito, decepcionado de los amigos y de la vida, resuelve quitarse la existencia.  Así, decidido entra a la habitación donde había hecho la promesa.  Levanta la cabeza; estaba la araña.  Toma una silla.  Se sube.  Cuelga una correa del artefacto; la asegura bien.  Luego, con el otro extremo, hace una anilla corrediza, calculando que encima quede un pedazo corto a fin de que una vez consumado el hecho, aparezca como péndulo.  Se coloca la correa al cuello.  Está agitado, casi fuera de sí.  Da un profundo suspiro, al tiempo que empuja la silla con los pies…

     Más, en lugar de quedar colgado, cae arrastrado tras sí el cielo raso y la araña.  Y sobre él comienzan a chorrear monedas de plata, oro, joyas… El hombre no sabe si está muerto o vivo.  No puede dar crédito.  Se toca la cara, el cuerpo… Es entonces que se da cuenta.
     Y se arrodilla mirando arriba, con las manos juntas, para exclamar: “¡Padre mío!” Y hace voto: “Te juro que voy a ser otro.  Juan ha muerto”.  De hoy en adelante soy José”.

     Y empezó a rehacer su vida.  En las calles ya no era el andrajoso de antes sino un hombre elegante.  Entonces sus amigos, viéndolo transformado, nuevamente trataron de ganarse su amistad.  Se le acercaban efusivos:
     - ¡Hola, Juanito!
     - Perdone, usted; se está equivocando.  Yo soy José.
     - ¡Oh!  ¡Cómo!  Tú eres Juanito.
     - Lo siento; se ha equivocado.
     Así, a uno y otro los dejaba con un palmo de narices.

     Cierto.  En la hora de la verdad no hay amigos; y es cuando se los conoce.

(*) Deformación de la palabra ahora

Comentarios

  1. UN GRAN MENSAJE PARA LOS DE HIJITOS DE PAPÁ Y MAMÁ
    LOS RESULTADOS DE LA SOBRE PROTECCIÓN DE LOS HIJOS.

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