La phajcha (Cuento)

(Cascada, catarata)

 Algunos estudiosos de las culturas nativas sostienen que los llamados indígenas componen la música de su propia inspiración…

I
     Estamos en la semana de Compadres.
     A las gentes les ha sacudido una especie de repiqueteo espiritual: algo así como una conmoción.  El caso es que no hablan de otra cosa que de la “phajcha”  y del huayñu que tienen que ir a traer para bailar en carnaval… Al parecer la phajcha es un embrujo que les está llamando misteriosa e irresistiblemente.
     En este trance están las gentes de los ayllus de Ch’iku Ch’iku, Chaki, Pakasi y otros más que se hallan diseminados a lo largo de los faldeos orientales de la cordillera de Qhari Qhari.
     Y día tras día, de todos los rincones de la extensa comarca, surgen los hombres bronceados sobre el camino principal, cortando los atajos, cargados de sus bultos, los pantalones arremangados y sus flautas a la espalda…

II
     Esa mañana –de madrugada—el alba ya se había adueñado del caserío del ayllu de Ch’iku Ch’iku.
     Y empiezan las gentes a rebullirse en sus camas.  Entre ellos Martín Apaza, más conocido por “Huayñu Huayaqa” (Saco de Huaynos), por su habilidad de compositor de huayñus.  Abre los ojos y hace que asustarse.  “Ya había sido de día”, piensa.  La maltrecha habitación evidentemente estaba llena de penumbra blanca.  Era el día señalado para viajar a la “phajcha” con su hijo.  Lo mira.  Está dormido.  Y como ya no podía estarse, lo toma del hombro, sacudiéndole, a la vez que le susurra: “¡Hijo!... ¡Despierta!... ¡Vamos, vamos!”, ya es hora.
     El jovenzuelo se había dormido feliz la noche anterior.  Su padre la había prometido llevarle.  Y aquel viaje iba a ser “su estreno”.
     Charlando con su padre, le decía:
     - Padre, yo también quiero ir a sacar huayñu; quisiera que me lleves.
     La misma solicitud de todas las veces.  Y se le iluminaba el rostro.  Entonces, al estar dialogando con la tierra, sus manos se convertían en palomas oscuras volando rumbo a la “phajcha”…
     Pero el padre también tenía sus excusas y las mismas cada vez que el hijo le hacía el pedido:
     - Ay, hijo, es peligroso.  Los ríos siempre se llevan a la gente.  Es muy lejos.  No hay donde dormir.  Los hacemos a la intemperie, apoyados en una piedra o en una pared.  Tenemos que viajar bajo la lluvia, totalmente trasminados.  ¡Hasta los huesos!
     Empero, tanto que le machacaba su hijo, con la persistencia de la gota continua que labra la piedra, le hizo decir “sí”.

III
     Rápidamente se aprestan para el viaje.  Y como ellos dicen “para el camino” (refiriéndose a la merienda), un poco de cualquier cosa: chuño, cocido, tostado… Después cada uno se pone la flauta de madera a la espalda.  Del padre era del tamaño de un metro y del grosor de la muñeca y arqueada.  Del hijo, de medio metro aproximadamente.
     Y salieron de la habitación, seguidos de la madre.  Mientras los otros continuaban avanzando, ella se detuvo a un paso de la puerta.  Les sigue con la mirada.  Pero la partida del hijo se le hace imposible de creer.  Y cuando ya están atravesando el canchón, se le cae el corazón para recomendarle con voz quebrada:  “Te vas a cuidar, hijito”.

     Era el comienzo de una vida dura y romántica.  En los años por venir tendrá que recorrer por los mismos caminos para ir a traer el huayñu de la phajcha.
     Ya sobre el camino principal, se encuentran con varios amigos y vecinos.   Y como es costumbre entre ellos, a modo de saludo se dicen:  “Tataay… Tata Martincho…” levantando el sombrero con ambas manos sobre la cabeza y haciendo balancear de atrás para adelante.
     Oleadas de hombres, con los rostros curtidos, arriban al pueblo.  Los poblanos, mirándolos, comentan:  “Ya están llegando los “huayñu huayaqas”  ¡Cuántos no regresarán!  Este año ha llovido mucho.  El río debe estar cargado.  “A estos se los lleva siempre”
     Al atardecer, una lluvia torrencial.  Las quebradas se llenan de malolientes turbiones.  Para cruzarlos se toman de las manos.  Y en sartas están atravesando.  Pero poco por poco son arrastrados.  ¡Ay, la lluvia!... Siempre hostigados.  Y así, la penumbra los sorprende en pleno escampado.  Para descansar se acurrucan alrededor de unos pedrones que por suerte había.  Siempre la lluvia.  Y toda la noche.
     Amanece sin dejar de llover.  Y bajo esa cortina de flecos líquidos continúan desovillando el camino con ruidos de chapoteo y el frotar de las piedrecillas.  ¡Calados hasta los huesos!  Sus ponchos, como cueros encolados.  ¡Suenan!
     Otro día más.  Y otro pueblo más.  Aquí, en una tenducha cualquiera se compran coca por valor de un peso.  No hay tiempo para descansar.  Y a lo largo del trayecto continúa la lluvia.  Ahora ya están orillando el río Tumusla.  Poco agua.  En las cabeceras posiblemente no ha llovido.  La alegría les inunda los rostros; y les brillan los ojos.  Están orgullosos y emocionados contemplando.  ¡La Phajcha por fin!
     Por una garganta, abierta entre dos lomas, está cayendo como una blanca cabellera; cantando la eterna sinfonía de huayñus.  Es de esta sinfonía que le van a robar un fragmento, mañana.  Ahora están cansados.  Tarde ya es, sobre todo.  Pues, en ese momento, el sol también concluía su viaje.
     En la noche se hacen un ovillo entre los matorrales…

IV
     Amanece.
     Al pie de la phajcha… la playa está llena de hombres.  Todos con sus flautas.  Grupos aquí y allá.  Están tensos, escuchando.  ¡La phajcha!  Es un inmenso pentagrama donde se están modulando los huayñus, ya sollozando, ya silbando ya susurrando, según como la pulsa el viento con sus inmensos dedos.  El trabajo mental es intenso.  Vuelcan la cabeza, ahora un lado, ahora al otro lado.  ¿Cómo es esa música? Parece que se dijeran.  El oído atento.  Escuchan y escuchan.  Y en un momento dado el viento le saca a la phajcha unos sonidos.  Los hombres vibran y embocan rápidamente sus flautas, modulando algunos sonidos.  De repente sienten haber cogido el comienzo.  Se miran unos a otros.  Continúan armonizando sonidos.  Aparentemente siempre con la caída del agua.  Nota tras nota, los compases van encadenándose.  Después otra vez se miran como si se dijeran:  ¿Son los de la phajcha?
     Siempre intensamente concentrados, continúan captando el canto de la cascada y reproduciéndolo en sus flautas.  Y el huayñu va saliendo.  A la vez, los hombres batiéndose en vaivén, como los tallos de maíz cuando son agitados por el viento.

V
     Martín Apaza y su hijo tienen su grupo.  Martín ya es conocido.  Y de fama; razón más que suficiente para que muchos hombres se le agreguen.  Lleva la cantante.  Sugiere… corrige… sopla su flauta.  Unos y otros contribuyen con otras notas.
     Y siguen puliendo.  En eso, como si hubiera una batuta invisible, silencian sus instrumentos, sin más ni más, aparentemente.  Es entonces que Martín emboca su flauta, como poseído por el fuego inspirador.  Claro está, primero, como si estuviera dando las notas iniciales.  Se suman otros, cautelosamente, de uno en uno.  Luego sale hecha toda la melodía.  Al final, una masa compacta de hombres, en un concierto de flautas, ejecutando un huayñu…
     Martín y su hijo, perdidos en el centro del gentío, no caben en sí de gozo.

VI
     Ahora al “ch’allaku”…
     La tarde está turbia como el agua que va corriendo río abajo, indiferente.  Tarde melancólica.
     ¿Y después?  Naturalmente era para preguntarse:  ¿No habrá llovido en la cordillera?  Luego: ¡Si este río es traicionero!

     Se generaliza la borrachera, convirtiéndose la playa en un descomunal ronroneo de voces.
     El jovenzuelo mira todo aquello desolado.  Pero es su padre quien le inquieta mayormente.  ¿Qué hacer?  Con la preocupación dibujada en su rostro, le dice:
     - Ya no tomes, papá.  Tenemos que pasar el río.
     - No, hijo –responde--.  Ya verás.  En seguida nos vamos.  Yo soy bueno para pasar el río.  Nunca me ha llevado.  Por eso también estoy aquí cada año sacando huayñus.
     - Sí, pero… ¡Mira el agua!... ¡Parece que está aumentando! –señala alarmado.
     La angustia no le conmueve.
     Un minuto… una hora… El tiempo hace presa del hijo.  Entonces, desesperado le insta:
     - ¡Papá!  ¡Vámonos!
     - Ya, hijo, ya.  No te preocupes.

     - ¡Cómo no me voy a preocupar! –se apresura en replicar.  ¡Está creciendo el río! –agrega con voz temblorosa.
     Una vez más las flautas.  La phajcha como fondo.  ¡Y cosa extraordinaria!  ¡Cantando el mismo huayñu!
     Río enfrente muchos hombres ya están.  Otros, en medio río, tomados de las manos y con el agua a la cintura.  El ambiente, con el cielo encapotado, tiene un aspecto triste.
     Concluyendo de tocar, batiendo el brazo, por fin el padre dice:
     - ¡Vámonos, hijo!
     Llegados a la orilla, Martín se agacha para arremangarse los pantalones, pero el cuerpo casi le vence.  El hijo, alarmado, le hace notar:
     - ¡Ay, papá…!  El río nos puede llevar –y le suplica--:  Nos quedaremos a este lado por esta noche.  Mañana tempranito podemos pasar.  Para entonces el agua ha de disminuir.
     - No, hijo.  Yo soy diestro para pasar ríos.  No tengas miedo.  Tengo que hacerte llegar donde tu mamá.
     El agua lodosa baja de banda a banda produciendo un ruido sostenido que da miedo.  Las olas espumosas llegan a la orilla haciendo festones, como si estuvieran jugueteando:
     Una vez más le consuela al joven:
     - No tengas miedo, hijo.  Vamos a pasar sin novedad.
     Forman una cadena de hombres.  El muchacho, de la mano de su padre.  Y entran al agua.  Está al tobillo… a la rodilla… a la cintura… Luego, juguetes de la corriente.  No obstante continúan avanzando.  El agua ya les llega al pecho… Y de pronto el hijo lanza un grito desesperado:
     - ¡¡Papaa!!  ¡Me está llevando el río!

     Un volteo… Aparecen los pies para describir una especie de parábola.  Luego surge la cabeza.  Con los brazos trata de defenderse manoteando.  Finalmente las turbulentas aguas borran todo.
     El padre se salva por milagro.  Está a la orilla parado.  Entonces, dándose cuenta de la situación, llama a su hijo gimoteando y con voz angustiada:
     - ¡¡Hijo!!  ¿Dónde estaaas?
     Nadie contesta.  Quizás el río que baja sonando…

Glosario.
Phajcha.  Cascada de agua, catarata
Huayñu, huayno.  Música tradicional de los Andes bolivianos.

Ch’allaku, ch’alla.  Acción de challar, rito ancestral andino.

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